martes, 12 de julio de 2011

Cenizas - Cap. 1

Levantarse temprano por la mañana tiene una gran cantidad de ventajas, siempre y cuando la acción vaya acompañada de un buen descanso. Es decir, acostarse temprano también, aunque la noche te presente mil razones para no hacerlo; tu amigo y socio, por ejemplo, que te llama para tomar unas cervezas y terminar de cerrar esa idea en la que vienen trabajando, tu novia, que ya terminó de estudiar y quiere saber que hacés, las tres o cuatro personas con las que iniciaste una conversación por el chat… o una muy buena idea.
Una idea que si no te sentás a escribír ahora, mañana la vas a olvidar por completo.
Por eso me quedé dormido, por no valorar las ventajas.
Por eso lo único que tengo ahora, mientras corro desesperado hacia la estación de subte, es una resaca terrible, una pelea con mi novia y una muy buena idea.
Y después está el azar, por supuesto, libre a priori de ventajas y desventajas. Pululando intermitente fuera y dentro de nuestras vidas, afectando de manera directa o indirecta nuestra existencia, nuestras relaciones, nuestro trabajo, nuestra salud. El azar, que solo nos lleva inconscientemente a llenar los cajoncitos de buena y mala suerte que tenemos incrustados en el cerebro, hasta que se nos ocurre ponerlos en la balanza y exclamar:
- Tuve suerte
O, en su defecto:
- ¡Tengo una mala suerte!
Por lo tanto, terminar tirado en el medio de Acoyte y Rivadavia con la columna rota y la cabeza abierta es solo una cuestión azarosa, llena de desventajas, que solo me obliga a pensar, mientras veo a mi padre hablar con los médicos y trasformarse en una ametralladora de gestos de preocupación, que soy un tipo con muchísima mala suerte.
Acto seguido un ángel entró por la puerta de la sala de operaciones para cambiarme el suero y mis ganas de vivir. Me dedicó una hermosa sonrisa y me deseó un buen día -deseo bastante pretencioso, dadas las circunstancias- y dos meses después me dejó su teléfono para ofrecerme sus servicios de enfermería, para cuidarme en la soledad de mi casa durante el tiempo que tardara mi cuerpo en responder a mi mente.
Mi cuerpo le respondió a mi mente un año después, bajo la mirada del médico cirujano y su exagerado barbijo, el cual sólo se sacó para decirme que soy un tipo con una suerte de no creer, y que en algunas semanas ya iba a poder caminar y volver a mi vida “normal”.
Mi vida normal, en ese momento, era una relación súper conflictiva con mi novia y un affaire con mi enfermera, de la que estaba perdidamente enamorado. Lo demás no había cambiado mucho; reuniones en la agencia para definir algunas ideas en desarrollo, visitas familiares y de amigos, mucha televisión y un videojuego de guerra que me estaba generando una adicción peligrosa.
Las semanas pasaron, comencé a caminar y a recobrar mi ritmo, decidí hacerle caso al médico y volver a mi vida normal, en el sentido de volverla normal.
Corté con mi novia de la manera más clara y definitiva que pude y me traje a la enfermera a vivir conmigo.
En aquéllos tiempos recordé lo que era tener sexo, jugar al fútbol y correr desesperado a la parada del subte para llegar al trabajo. Dejé de mirar televisión y regresé a mis actividades diarias, reanudé las sesiones de creatividad con aquél amigo de gustos cerveceros y nocturnos, y tanto el azar como mi cajoncito de la buena suerte se llenaron de ventajas.

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