sábado 13 de agosto de 2011

CARPE DIEM 3 - Un cambio

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martes 12 de julio de 2011

Capítulo 2

- Lo siguiente trata de buscar, con un fin completamente inútil, la respuesta al gran interrogante que aqueja nuestras mentes sedientas de verdad: si hay una guerra entre Alien y Depredador... ¿Quién gana?

El profesor de Ciencias inútiles, Teodoro Bissi, estaba ansioso por conocer la opinión de sus alumnos. Sabía que el tema era bastante delicado, y que ambas partes existía un alto grado de partidarios.

- Vamos a enfrentar en debate- continuó – a los representantes de los distintos grupos ideológicos. Al que gane, le otorgaré una “mención de honor”.

- ¿Qué es eso?- preguntó alguien.

- No sé, pero suena bien. Ahora quiero que elijan a dos representantes para que pasen al frente y abran su lucha argumentativa.

Desde el fondo del aula empezaban a oírse murmullos, nombres, hasta que pronto se los murmullos se transformaron en gritos y los nombres fueron solo dos.

- ¡Facundo Monono¡- gritaban por la izquierda.

- ¡APG¡ ¡APG¡- gritaban por la derecha.

Dos muchachos se levantaron y caminaron hacia su profesor, uno parecía lleno de furia, el otro estaba tranquilo.

- Bueno- dijo el profesor Bissi – acomódense como gusten y empiecen por turnos: primero APG, luego Facundo Monono.

Los alumnos hicieron lo que decía su profesor y APG comenzó a hablar:

- En principio, y dejando gustos personales de lado, una perspectiva histórica favorece al Depredador más que al Alien: éste último no posee una característica que lo vuelva superior frente al primero y, siempre guiándome por lo visto en sus películas, que obviamente vi, el Alien fue vencido siempre, hasta el punto de ser sujeto de pruebas de laboratorio. Depredador, en cambio, es vencido desde un ángulo diferente. Depredador no es erradicado y destruido, sino que es abatido por su propio honor: En Depredador 1 se autodestruye ante la derrota, y en la segunda parte deja escapar a Danny Glover, luego que este lo vence en batalla. Depredador es un guerrero, un cazador.

“Otro factor importante que demuestra su superioridad frente al Alien es su grado de civilización. Su apariencia “humanoide” y su relación con la electrónica lo hace más apto para enfrentar situaciones de peligro, y más aún sus poderes: ¡transparencia¡ ¡rayos infrarrojos¡ ¡autocuración¡ ¿estoy loco o eso es una tecnología increíble a la que casi no tenemos alcance? Por el contrario, el Alien es un ser salvaje, actúa por instinto y no muestra una organización grupal estable, a excepción de Alien 4, cuando recibe genes humanos, pero solo en ese estado y nunca al natural. Por otro lado ¿Cómo se reproduce? ¿Necesita del ser humano o de cualquier otro animal para multiplicarse? No hace falta decir que Depredador no.”

Se hizo silencio. Teodoro Bissi sonreía. De pronto, desde el fondo del aula, se alzó un gran aplauso que hizo estruendo en las paredes.

Facundo Monono se mantenía impasible, aunque había visto de reojo que algunos militantes del sector izquierdo también aplaudían. Se acomodó en la silla y esperó a que el tumulto pasara, mientras clavaba los ojos en los de su contrincante. Cuando volvió el silencio, preparó la voz y empezó a hablar.

- Yo creo, sin dejar los gustos personales de lado, que gana Alien, por diferentes razones: en principio, Alien es un ser sigiloso, fuerte y despiadado, sin respeto por ninguna especie, ni siquiera la suya, que destruye sin piedad todo organismo vivo. Nos superan en número, y también a los Depredadores. Además, los Aliens tienen mejores poderes y al haber diferentes tipos y combinaciones de ellos, existen mayores probabilidades de que puedan vencer. Por último, Alien es más rápido, ágil y sanguinario.

Se quedó callado, pensando en lo que había dicho. Cuando miró a su profesor, cuando ningún aplauso surgió de las profundidades, supo cual era el veredicto.

- Falta de información, poco detalle y comparación inexacta de las características... creo que tenemos un ganador.- dijo el profesor, y todos aplaudieron.

- Gracias- dijo APG.

- No me des las gracias ¡Ganó Facundo Monono!

APG no podía creerlo.

- Pero... ¿Por qué?

- Porque el alumno Monono supo ser breve para discutir algo que era completamente irrelevante, ese es el objetivo de nuestra materia. Le pido por favor que lea el capítulo “la brevedad en la esencia de lo inútil” de la página 143 a la 198 del libro blanco ¡Y lo mismo a los demás!

Capítulo 1

De las cuatro estaciones del año, la más hermosa es la primavera, eso ya se sabe; el clima, las flores, el amor, las feromonas y unos cuantos etcéteras más. La inspiración llega como un regalo divino, que se derrama en el arte como un vaso volcado a propósito, un caos de ideas inquietas y amontonadas sobre el escritorio. Un torrente de conexiones mentales que destruye las barreras de la frustración con la fuerza de una locomotora. No más choques contra la pared, no más proyectos suicidas. Simple y dulce inspiración.

Pero esta primavera no. Aquél sueño dorado faltó a clase bastante seguido este año. Palabras que son muchas y no dicen nada, signos inútiles, falsos, incompletos. Solo el vago ensayo de una novela que nunca ve la luz.

Así empezaste vos y así empecé yo, que somos uno y mil, somos ellos que piensan como nosotros, los manejamos a gusto como si fuéramos líderes despóticos y dictadores. Los hacemos sufrir, amar, nacer y morir ¿Para qué? Eso lo sabés vos, no yo. Yo juego de ignorante, de idiota. Los muevo y me divierto a veces con ellos sin saber por qué. Te odio, te quiero y te sobrevivo. De nada, porque no me lo vas a agradecer nunca, es parte del estúpido clasicismo que te limita y te condena.

- ¡Vanguardia!- me gritan – ¡Vanguardia!

Y yo no hago nada.

Mala primavera ésta, atípica.

¿Qué nos pasa? ¿Nos dimos cuenta de todo? ¿Es el plagio lo que me persigue, o peor, lo que yo persigo, por el eterno laberinto de mis palabras? Me encierro o me pierdo en ellas hasta que la máscara de la inspiración y su mentira destruyen todo mi esfuerzo y dejo de correr. Ya estoy ahí, en el umbral de nuestro sueño, que no es más que eso. Me imagino caballero de un reino lejano que, junto a su fiel compañero, llega a las puertas del castillo en el que una joven princesa es prisionera de algún famoso dragón verde y grande. Me siento junto a la puerta, mientras me doy cuenta que soy yo quien persigue al plagio, y busco en mi interior a mi compañero perfecto.

Ahí llega Ramiro, un tipo sin problemas, tranquilo, que disfruta de esa paz que nosotros no tenemos por culpa de nuestra estúpida guerra contra la perfección, y ahí estamos para arruinarle la existencia.

- A mí me decís Irlanda y me viene a la cabeza la plaza, no el país.- dice y sentimos que lo conocemos de toda la vida.

Es tiempo de cambiar y no de esperar a la próxima primavera. A ver si todavía Ramiro muere en el olvido y sólo nos queda la vida que le arruinamos, sin remedio alguno.

- No hay problema, no me importa. – dice, y nos da una alegría inmensa.

Pero no nos adelantemos. Dejá que Ramiro salga de su casa y se olvide unas monedas, que suba al colectivo y se baje tres cuadras después. Dejá que se encuentre con Facundo Monono, que llora sentado en la entrada de su hogar. Dejá que Ramiro decida faltar a la clase de pintura para quedarse a charlar con su amigo, porque lo quiere, y si no, empieza a hacerlo.

- Eh, che- dice - ¿Qué pasa, loco?

Y Facundo Monono no le contesta, porque si le contesta le miente. No sabe lo que le pasa.

- ¿Qué pasa?- repite Ramiro.

- Nada- contesta el otro entre lágrimas – Todo mal, como siempre.

Ese como siempre nos remite a la manipulada existencia de nuestros personajes; uno, encerrado en un sistema que no comprende y que no quiere comprender, el otro, hundido en la eterna lucha de armar la cama, lavar los platos e ir a la facultad cuando no tiene ganas porque si no el sábado no sale.

- ¿Estás mal, loco?- pregunta Ramiro.

- Tantas preguntas y ninguna cerveza.

- Sabés que esa es muy buena ¿No? ¿Tenés plata?

Ahora le dejamos un billete de cinco a Facundo Monono para que lo invite a Ramiro una cerveza fría en el Trinidad y le cuente sus problemas.

Sumémosle a este episodio unas pocas horas. Un Ramiro satisfecho y un Facundo Monono que se va a clase. Ambos saben que toman rutas contrarias, pero saben también que por la misma cuadra. Dos caminos y un bar de viejos que queda abandonado, por el momento.

¿Primera persona? ¿Tercera? Sabemos más o menos lo que pasa, no todo, pero lo suficiente; uno está mal, y el otro está en paz de nuevo. Chau, muchachos, nos vemos.

- Chau- se dicen y me dicen, y antes de que se pierdan entre la gente, les agradezco la primavera que me regalaron.

Retrato de mí por Paula Salas

Así me dibujó mi amiga y compañera Paula Salas en el paint.
Soy yo diciéndole "Chiquita".

5: Una mina el sábado

Hace miles de millones de larguísimos segundos que mirarte me obliga a ir y volver con la certeza de que sos el amor de mi vida y que si no te lo digo en este mismo instante voy a explotar dos veces más fuerte que Hiroshima y empaparte con la sangre más caliente que un ser humano en estas condiciones solo alcanzaría si se estuviera quemando vivo.

Por favor, dejá de hablarme tan cerca de la boca y prendete ese cigarrillo, ocupá tu boca con algo antes de que la ocupe yo y toda esta situación se me vaya de las manos de la misma forma en que se me fue las últimas veintitrés veces que nos vimos y nos sentamos a tomar una cerveza en el pub de la esquina de la vuelta de tu casa para hablar de todos los problemas que podría solucionarte si te acercaras solamente un centímetro más.

Un pequeño movimiento y darías el pie para justificar esta gran cantidad de flashes que hace veintitrés bares y cervezas empezaron a distorsionar el concepto que tanto me costó formar acerca de la relación aparentemente controlada que durante los veinte años de mi vida habían mantenido mi cerebro y mis órganos genitales.

Me fascina el odio que me da no poder controlarme a mí mismo y depender de un simple gesto, de un movimiento inesperado, de una palabra seguida de una pregunta sugerente seguida de una respuesta inconclusa y volver otra vez al insoportable planteo que mi parte animal insiste en hacerle a la parte que te valora solo como una amiga, como la persona con la cual entablé una amistad fuerte que podría únicamente derivar en sexo si nos tomáramos tres cervezas más.

Pero ya es tarde y vomitar tantas veces te dio muchísimo dolor de cabeza y te deprime saber que te pusiste tan en pedo por culpa de un tipo que probablemente yo nunca conozca más allá de la incomprensible variedad de parecidos que nos encontraste, a él y a mí, para encerrarme como tantas otras veces en la diminuta esperanza de llevarte a mi cama la cantidad de veces que él te llevó.

Y tal vez algunas más.

Pero no.

Lo único que querés conseguir es lo que cuando llego y me acuesto en la soledad de mi colchón me convenzo de que querías conseguir y me levanto de la silla y te acompaño hasta la puerta de tu casa aunque a mí me quede mucho más cómodo caminar para el otro lado y tomarme uno de los tristes colectivos que me devuelven a la fría realidad que el calor de tanta mirada no supo leer en tus ojos.

Frías realidades, miradas y ojos que conozco tanto como la palma de mi mano.

Porque la palma de mi mano me lo recuerda una y otra vez.

Una y otra y otra vez y lo que pienso que pudo haber sido ahora es y lo que creo que pudo haber pasado ahora pasa constantemente detrás de mis párpados y desaparece en la monotonía de mi techo lleno de grietas húmedas y profundos agujeros negros.

Pienso y creo, además, que el techo no me ayuda mucho.

Me quedo dormido pensando en la posibilidad de que con unas cuantas toneladas de suerte mañana me llames por teléfono antes de que te llame yo para decirme lo que yo te diría si te llamara un domingo soleado después de un sábado de penas y alcohol.

¿Nos vemos?

No. No nos vemos nada.

Tengo demasiado sueño como para ponerme a analizar si la razón por la cual no estamos sentados tomando mate en plaza Francia fue mi notable desesperación en la voz al invitarte o tu incapacidad de asimilar tantas frases en tan poco tiempo cuando te acabás de despertar por culpa del insistente sonido del teléfono que probablemente te haya puesto de mal humor.

Bien, dale, sí, en la semana hablamos.

Beso.

19 de septiembre

La única cosa de la que estoy realmente seguro es que nunca estoy seguro de nada. Por lo tanto no puedo definir si esa inseguridad se basa en mi personalidad débil o en las circunstancias en las que ahora me encuentro, considerando que frente a cualquier situación me anulo y automáticamente dejo de pensar, dejo de existir. Aparentemente no soy el único que lo nota, porque la mayor parte de las personas que me rodean empezaron a evitarme, y solo puedo dirigirme a ellos si me ubico en el centro de su campo visual.

Cenizas - Cap. 1

Levantarse temprano por la mañana tiene una gran cantidad de ventajas, siempre y cuando la acción vaya acompañada de un buen descanso. Es decir, acostarse temprano también, aunque la noche te presente mil razones para no hacerlo; tu amigo y socio, por ejemplo, que te llama para tomar unas cervezas y terminar de cerrar esa idea en la que vienen trabajando, tu novia, que ya terminó de estudiar y quiere saber que hacés, las tres o cuatro personas con las que iniciaste una conversación por el chat… o una muy buena idea.
Una idea que si no te sentás a escribír ahora, mañana la vas a olvidar por completo.
Por eso me quedé dormido, por no valorar las ventajas.
Por eso lo único que tengo ahora, mientras corro desesperado hacia la estación de subte, es una resaca terrible, una pelea con mi novia y una muy buena idea.
Y después está el azar, por supuesto, libre a priori de ventajas y desventajas. Pululando intermitente fuera y dentro de nuestras vidas, afectando de manera directa o indirecta nuestra existencia, nuestras relaciones, nuestro trabajo, nuestra salud. El azar, que solo nos lleva inconscientemente a llenar los cajoncitos de buena y mala suerte que tenemos incrustados en el cerebro, hasta que se nos ocurre ponerlos en la balanza y exclamar:
- Tuve suerte
O, en su defecto:
- ¡Tengo una mala suerte!
Por lo tanto, terminar tirado en el medio de Acoyte y Rivadavia con la columna rota y la cabeza abierta es solo una cuestión azarosa, llena de desventajas, que solo me obliga a pensar, mientras veo a mi padre hablar con los médicos y trasformarse en una ametralladora de gestos de preocupación, que soy un tipo con muchísima mala suerte.
Acto seguido un ángel entró por la puerta de la sala de operaciones para cambiarme el suero y mis ganas de vivir. Me dedicó una hermosa sonrisa y me deseó un buen día -deseo bastante pretencioso, dadas las circunstancias- y dos meses después me dejó su teléfono para ofrecerme sus servicios de enfermería, para cuidarme en la soledad de mi casa durante el tiempo que tardara mi cuerpo en responder a mi mente.
Mi cuerpo le respondió a mi mente un año después, bajo la mirada del médico cirujano y su exagerado barbijo, el cual sólo se sacó para decirme que soy un tipo con una suerte de no creer, y que en algunas semanas ya iba a poder caminar y volver a mi vida “normal”.
Mi vida normal, en ese momento, era una relación súper conflictiva con mi novia y un affaire con mi enfermera, de la que estaba perdidamente enamorado. Lo demás no había cambiado mucho; reuniones en la agencia para definir algunas ideas en desarrollo, visitas familiares y de amigos, mucha televisión y un videojuego de guerra que me estaba generando una adicción peligrosa.
Las semanas pasaron, comencé a caminar y a recobrar mi ritmo, decidí hacerle caso al médico y volver a mi vida normal, en el sentido de volverla normal.
Corté con mi novia de la manera más clara y definitiva que pude y me traje a la enfermera a vivir conmigo.
En aquéllos tiempos recordé lo que era tener sexo, jugar al fútbol y correr desesperado a la parada del subte para llegar al trabajo. Dejé de mirar televisión y regresé a mis actividades diarias, reanudé las sesiones de creatividad con aquél amigo de gustos cerveceros y nocturnos, y tanto el azar como mi cajoncito de la buena suerte se llenaron de ventajas.